Lola
EL SOL DE LA LIBERTAD


Iba para dos noches que había abandonado mis aposentos, intentaba conciliar el sueño en las mullidas alfombras que había adquirido para adornar el cuarto de mis dos vástagos, menos mal que no había reparado en gastos para decorarlo, ya que el anuncio de su nacimiento había sido lo mejor que me había pasado en los últimos tiempos.
Esta última discusión, había sido mayor que las anteriores, en este caso se había atrevido a pasar a algo más que los zarandeos y zarpazos habituales, con los que se había acostumbrado a enfatizar sus amenazas y reproches, por eso y sabiendo ya por otros días que el Rey no vendría a molestarme, me había refugiado al calor de los príncipes.
En el amparo del silencio y la oscuridad de la noche, es cuando una vez superada la pena, pude pensar con tranquilidad, recordé como años atrás me había preparado como una buena princesa, aprendiendo todo lo necesario para parecer y estar siempre bella para enorgullecer al que se iba a convertir en mi esposo, a ser disciplinada y aplicada para realizar todas las tares propias de mi nuevo cargo, ordenada y cuidadosa para llevar ese nuevo hogar que nos disponíamos a crear, además de cultivar una larga lista de cualidades que me serían de utilidad como nueva esposa y madre. Había recibido una esmerada educación en protocolo, sanidad, economía, matemáticas, puericultura y cocina, impartida por los mejores y eruditos profesores que había en la corte, añadiendo además, todos los consejos dados por mis padres y recopilados de mis muchos libros.
Recordé la impresión que me dio al conocerle, ese día supe que yo sería suya, pero también que él sería mío, se me presentó como el perfecto príncipe, era justo lo que cualquier padre hubiese deseado para una hija, se veía tan apuesto, valiente, estudioso y gallardo, estaba claro que había nacido para quererme y protegerme, y así me lo prometió el día que contrajimos esponsales.
Nuestros principios fueron felices y agradables, pero aun así el nunca me permitió que olvidase, que sin él no sería nadie, que todo se lo debía, y que por supuesto nadie me querría jamás de forma tan desinteresada… no importaba lo mucho que me esforzase, yo jamás llegaría a amarle de la misma forma, he de reconocer que de algún modo me deje mimar por él pero todo cansa, y un día sin saber como su manera de tratarme comenzó a ser más ruda, al preguntarle, siempre me decía que mía era la culpa, porque ya no le complacía mi forma de agradecerle su amor infinito, así que toda esa fuerza que antes el había derrochado a raudales en esas batallas que se presentaban en el reino, ahora que no había tantas guerras que ganar, parecía que iba toda dirigida hacia mi, como si de pronto yo me hubiese convertido en su única enemiga a combatir.
En los últimos tiempos nuestras desavenencias eran cada vez más evidentes, tanto que el servicio dejó de servirnos las perdices como plato principal, el Rey ya no se guardaba ni de ellos, no le importaba soltar delante de cualquiera su sarta de improperios, lo hacía incluso delante de los niños, cosa que me hería profundamente.
Al ver amanecer esa mañana, acompañada de la respiración acompasada de los príncipes, tomé la decisión, nadie tenía derecho a turbar sus dulces sueños, ni si quiera yo permitiéndolo, así que supe esperar y planear, lo preparé todo, y aprovechando una de sus largas ausencias, envuelta en la complicidad de la noche, nos vieron escapar a tres figuras dentro del carruaje.
Hoy en día y con las heridas ya cicatrizando, veo crecer a mis pequeños, como corren felices por los campos abiertos, ya no están tan cuidadas ni mi piel ni mis cabellos, no son tan lujosos mis ropajes, ni mi morada, pero todo ello, todas mis pocas pertenencias, ahora por fin brillan bajo el sol, la libertad.
5 Responses
  1. filo isidoro Says:

    un magnífico relato, con una especial alegoría sobre el maltrato y sus consecuencias; ojalá nunca tuviéramos que reivindicar estos temas.

    un beso, amiga


  2. Lola Says:

    Gracias como siempre amiga, ya te comenté el motivo del seis y sinceramente es una pena que al final cada víctima se convierta en sólo eso un número, por cierto precioso poema, ya te haré un comentario cuando estas terribles máquinas me dejen jajaj. Un besazo


  3. Anónimo Says:

    Me has puesto la carne de gallina.... no sabía que escribías tan bien!!!! Precioso relato, aunque triste a su vez. Supongo que esconde algo más, pero quizás eso es lo que le dá el toque de realidad.

    Beatriz


  4. ERES ESTUPENDA Y UNA LUCHADORA. BESOS.


  5. ERES ESTUPENDA Y UNA LUCHADORA. BESOS.Soy concha de salamanca. el cuento me ha impactado, es muy conmovedor sigue escribiendo lo haces muy bien.